domingo, 12 de septiembre de 2010

Otra de ricos

A medida que avanzaba en la lectura de El gran Gatsby (1925) me preguntaba por qué se habría convertido en un clásico de la literatura norteamericana. Parece ser que la novela no llamó tanto la atención en los primeros años desde su publicación, y no fue sino hasta unos veinticinco años más tarde (por los años cincuenta) que alcanzó ese estatus. Un clásico es, para decirlo de manera simple, la obra que pasa "la prueba del añejo": ya porque su sustancia es importante y atemporal, o porque describe una época con tal maestría que la convierte, para siempre, en eterna. Creo que esto último es lo que acontece con el relato de Francis Scott Fitzgerald, uno de los escritores, junto con Dos Passos, Hemingway, Steinbeck, Faulkner, Pound y Caldwell, de la llamada "Generación Perdida".
En El gran Gatsby, Fitzgerald logra plasmar en blanco y negro el american dream... de los americanos -por cierto, bien diferente al de los inmigrantes europeos de entre guerras-, y lo sitúa en la costa este de ese país, en los alrededores de Nueva York, donde la vida transcurre con una "melancólica belleza" entre las gasas de los vestidos de las etéreas mujeres que acuden a deslumbrantes fiestas -donde nada se escatima- después de un día en el club de golf, en el velero, o de compras en Manhattan. La frivolidad y la banalidad parecen ser los signos que rigen las relaciones de los personajes cuyas vidas transcurren entre el charleston y el jazz (¿lo dice el libro o así me lo imaginé?), entre las burbujas del champaña y el humo de los cigarros puros, entre bromas sin trascendencia y mezquinos cuchicheos. Y es en este ambiente en el que aparece un personaje solitario y misterioso que, mediante su evidente riqueza, logra capitalizar la atención de los grandes apellidos de la región: todos acuden a casa de Jay Gatsby; sus fiestas son lo in del momento. Pero él no pertenece a ese mundo; él persigue su propia fantasía: el amor. Por amor ha conseguido llegar (nadie sabe bien cómo) hasta ese mundo de oropel en el que con dinero -como decía el Piporro ¿se acuerdan?- dances the dog. Sin embargo, hay algo que Gatsby no sabe: él nunca podrá pertenecer a ese círculo; el desenlace de la historia es implacable y lo deja bien claro: ...pensé en el asombro de Gatsby cuando descubrió la primera luz verde al final del embarcadero de Daisy. Había hecho un largo camino para llegar hasta aquel césped de color azul, y su sueño tuvo que parecerle tan cercano que difícilmente podía dejar de alcanzarlo. No sabía que estaba ya tras él, en algún lugar de la vasta negrura más allá de Nueva York, donde los oscuros campos de la nación americana se extendían, interminables, bajo la noche...Gatsby creía en la luz verde, en el orgiástico futuro que año tras año retrocede ante nosotros. Se nos escapa el momento presente, pero ¡qué importa!; mañana correremos más deprisa...y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados sin descanso hacia el pasado.
No he visto la película que estelarizaron Robert Redford, el gran Gatsby, y Mia Farrow, en el papel de Daisy.
Creo que no me la voy a perder y, desde luego, la novela bien vale una mirada tuya.

2 comentarios:

  1. Rosita, tienes ojo de aguila con los temas.
    Aunque a veces seamos recurrentes no varian nuestras preocupaciones, a estas alturas, seguimos con los grandes parametros de la sociedad en que vivimos, estamos límitados, y estos límites mueven todo, es la prueba del añejo que tan estupendamente describes.
    Y en este punto estamos,con un señor estupendo en un ambiente que marcó tendencia una moda casi eterea, donde no caben los problemas ni la miserias.... ya que desgraciadamente todos sus personajes son auntencicos fantasmas dentro de ellos pues estan superados en sus límites.
    Y se repiten los modelos, guapos, ricos, lado oscuro, mentes torturadas por las desgracias que han sido solapando en cada escalon de esa tortuosa escalera que son sus vidas y al final todo se repite un gran amor, el engaño y al final la tragedia, esta novela se lee en blanco y negro, y la pelicula a pesar de su fastuosa puesta en escena llena de glamour, se ve en blanco y negro y por supuesto que merece una mirada, la ví hace años y la volveré a ver.En nuestra sociedad actual estamos rodeados de necios Gatbys, tengo que confesarte que la planta de Redford lo arregla un poco.
    Un beso, Cósima

    ResponderEliminar
  2. Pues sí, Cósim@, me has hecho reir pero tienes razón: "la planta de Redford lo arregla un poco". Anoche ví la película y creo que el guión del famoso Coppola destroza la novela. Ella, Daisy-Farrow aparece como una mujer nerviosa y neurótica y no como el prototipo de la banalidad que pinta Fitzgerald. La novela tiene varios misterios que es el lector el que debe desvelar, mientras que en la película te lo dan todo ya cocido, quitándole cierto encanto. Y por último, cuando vuelvas a ver la película, fíjate en las medias de las que bailan el charleston (¡en qué detalles reparé!): arrugadas y con aspecto de medias elásticas para las várices que desmerecen de ese ambiente de super lujo y sofisticación que nos quiere trasmitir el escritor. Y ya si te fijas más, encontrarás que hubo varias fallas en la producción, aunque no las menciono porque parecería yo también amiga íntima de Daisy. Te aseguro que no siempre soy tan quisquillosa pero en este caso tomé la película como pieza de estudio.
    Vuelve a ver la película con los ojos de hoy y la volvemos a comentar.
    Un beso
    rosita

    ResponderEliminar