Los españoles tienen una frase que le da sustento al acto testarudo: estar erre que erre; es decir, estar en la obcecación; en la cabezonería, vaya. Y así estoy yo hoy, erre que erre, con mi recomendación literaria de esta semana: vuelvo al tema de la mujer frente a un marido inerte (en esta ocasión en coma), al que ella le habla para contarle sus miedos, sus fracasos, sus angustias, sus deseos y, de manera principal, su secreto (pues sí, así es, al final del camino, siempre hay un secreto; el conocido cadáver en el clost). He de llamar la atención de que ahora no se trata de una mujer occidental, como en el caso de Cinco horas con Mario, sino de una señora afgana.
Atiq Rahimi, nacido en Kabul, es el autor de La piedra de la paciencia: Sangue sabur – premio Goncourt; uno de los premios literarios más importantes en Francia- que se atreve a escarbar en los intersticios más profundos del sentir femenino porque, según el decir de su editor, es un hombre que cree en el poder de las palabras.
Rahimi, con su país en guerra, emigró en los años ochentas a Pakistán y después a Francia. En este país, a la par de su obra novelística, ha desarrollado una interesante carrera como cineasta. La piedra de la paciencia es su primer libro escrito en el idioma de su patria adoptiva y, según mi interpretación personal, quizá esta audacia fue lo que le permitió adentrarse, con el disfraz de extranjero, en profundidades vedadas para los propios. En escasas cien cuartillas, el autor realiza la proeza de situar al lector en dos planos, en un desolado cuarto donde, como si fuera un escenario teatral, se escuchan los ruidos externos (la guerra, los lloros infantiles, los visitantes) mientras el drama interno entre la pareja toma forma de un monólogo de denuncia reivindicadora. ¿Me comprendes? le dice la protagonista a su comatoso marido, de hecho, lo que me liberó fue el haberte hablado de esa historia...el hecho de habértelo dicho todo...porque desde ahora yo poseo tu cuerpo, y tú mis secretos. Estás aquí para mí. No sé si puedes verme o no, pero de una cosa estoy segura y convencida, de que puedes oirme, comprenderme. Y es por eso por lo que sigues vivo. Sí, estás vivo para mí, para mis secretos...tú eres mi “sangue sabur”-la piedra mágica; la piedra de la paciencia- voy a contártelo todo, todo. Hasta que me deshaga de mis sufrimientos, de mis desgracias...
Parece ser, por lo menos así es en la literatura, que tanto en Occidente como en Oriente,las miserias humanas son parecidas aunque, para mi gusto, el “toque” oriental resulta mucho más poético: en antiguas leyendas persas se dice que Sangue sabur, es una piedra mágica en la cual se depositan las desgracias, los sufrimientos y también los pecados inconfesables; se dice que la piedra escucha y guarda pacientemente todas las confidencias hasta que un buen día no aguanta más y revienta para liberarte de todos tus tormentos. Poesía pura.
En la misma ruta que nos llevaría a Afganistán, está la decisión en su momento del hoy expresidente de los Estados Unidos, George Bush, de invadir Irak en busca de armas de destrucción masiva, supuestamente escondidas por el entonces presidente de esa nación, Saddam Hussein. Es este el tema de la película La Ciudad de las Tormentas (2010) dirigida por Paul Greengrass, estelarizada por Matt Damon y basada en el libro Vida Imperial en la Ciudad Esmeralda: dentro de la Zona Verde de Bagdad, del redactor jefe adjunto del periódico The Washington Post, Rajiv Chandrasekaran, gran conocedor de la problemática de esa parte del mundo. ¿Se acuerda usted que, para gran sorpresa mundial, los invasores no encontraron las armas?¿Qué fue lo que pasó? ¿Cuál era el verdadero motivo de la invasión? Leer el impecable reportaje de investigación del señor Chandrasekaran o ver la película citada, le darán una visión documentada del desastre ocasionado durante y tras la mencionada ocupación yanqui. Al final de la película, en una sola escena muda, también tendrá usted una pista de la posible motivación de tanta destrucción y desastre. Por fortuna, parece ser que no todos los “gringos” se chupan el dedo.
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Querida Rosa, el tiempo es un bien escaso en nuestra sociedad, soy puntual al leer y comentar todo lo que escribes, esta vez SANGUE SABUR, debes ser paciente conmigo.
ResponderEliminarTal como describes el libro , es pura poesia, aún en las desgracias y reproches, que lejos está de la Carmen de Delibes, y analizando todo en su conjunto, ni Carmen en su tiempo lleno de falsedad ni la mujer afgana lo han tenido fácil.Pero lo más penoso es que la primera por la lejania, pero la segunda más y cercana ¡cuanto tienen que sufrir y luchar! para conseguir nuestro status de mujeres de hoy.
Me comnueve el respeto, siempre necesario, y me aterra el lugar invisible que ocupan, a pesar de todo saben rodearlo de poesia y belleza, el oriental al igual que protege su vida sus hogares,protegen sus relaciones donde todo es sumision y dolor, y no sé si alguna vez aparece la palabra amor.
Puede que el ciudadano ameicano se vaya dando cuenta de los destrozos, de su ambicion y poder, ya son muchas las veces y los paises que destruyen y tambien a sus ciudadanos con las mentes más enfermas perseguidos por el recuerdo de guerras inutiles.
No conocia el libro, lo buscaré e impaciente lo leeré.
Un beso, Cósima
Hola querida Cósima:
ResponderEliminarConfieso que ya esperaba tu comentario, no con impaciencia sino con esa curiosidad gustosa en la que se ha convertido esta relación epistolar. Captas muy bien el sentido de la novela que reseño (La piedra de la paciencia), esa mezcla de sentimientos encontrados rodeados de escenas poéticas a pesar de las miserias humanas en las que están envueltas los personajes. Leía hoy un artículo de Eliseo Alberto, el escritor cubano, que decía que los poetas nunca mueren. Yo estoy de acuerdo y quizá ese es el sentido de vida del oriental, trascender a través de lo poético que puede haber en cualquier acto humano. Y quizá, también, esto es lo que no han entendido los ejemplares americanos a los que haces referencia y, mucho me temo, que no podrán entenderlo nunca porque su visión del mundo carece de esta poesía de la que hablamos tú y yo y en la que, por ejemplo, el tema del petróleo va para ellos por encima de cualquier otra consideración.
En fin, como dice un querido amigo mío: con esa pena andamos
Un beso fuerte, Rosa
Querida Rosa, quizás no supe expresar, el verdadero sentido de la impaciencia, pues intenté hace un juego de palabras con la novela y la piedra SANGUE SABUR, de todos modos, es una estupenda terapia para mi, tu blog, me hace estar pendiente recordando lecturas buscando referencias descubriendo opiniones, todo muy saludable para el espiritu.Y me encanta la frase de tu amigo, y entre los que me tomo la libertad y permito incluirme aunque se virtual, tal como tenemos el mundo: con esa pena andamos, pero nos quedan estos pequeños lujos.
ResponderEliminarUn abrazo fuerte, Cósima