sábado, 3 de julio de 2010

Sobre tesoros

Hace unos días murió José Saramago, el escritor incómodo como lo llamaron sus detractores. Y me sabe mal dejarlo así, sin decir nada de su obra literaria porque todo lo que le he leído me ha sorprendido, maravillado, conmovido, iluminado y cambiado. Es una pena que don José ya no haya podido ver el último libro que se ha escrito sobre él, una recopilación de sus pensamientos íntimos, que está todavía en prensa: José Saramago en sus palabras, selección de Fernanado Gómez Aguilera. El periódico El País publicó el domingo pasado un extracto de esta novedad de la que yo me permito transcribir (y suscribir) un pequeño párrafo: Empezar a leer fue para mí como entrar en un bosque por primera vez y encontrarme de pronto con todos los árboles, todas las flores, todos lo pájaros. Cuando haces eso lo que te deslumbra es el conjunto. No dices me gusta este árbol más que los demás. No, cada libro en el que yo entraba lo tomaba como algo único. (1988).
Volveré a Saramago (en otra entrega) con su libro El evangelio según Jesucristo del que sólo llevo leídas unas cuantas hojas.

Dicho lo anterior, voy a meterme en otras honduras. Le toca el turno a Orhan Pamuk, el escritor turco (géminis, 1952), Premio Nobel de Literatura 2006. De Pamuk había leído sólo su novela Nieve que me gustó, a pesar de que encontré difícil su lectura. Cómo decirlo; ¿verdad que hay libros que se atoran y hay que jalarlos un poco? Pues así me pasó en ese caso. El tema versa sobre un pequeña ciudad turca (Kars, al noreste del país) cubierta de nieve cuya blancura pareciera el signo de la paz y armonía que reina en ese lugar. Claro, la nieve no deja ver las “tuberías” de una compleja maraña de fundamentalismos que provocan que los escasos habitantes vivan en un infierno. Pamuk se mete en esas entrañas para presentarnos la Turquía profunda. Pero no digo más de Nieve ya que ahora le tocó su vez (en mi casi infinita pila de libros por leer) a sus memorias de infancia y adolescencia. Para contar esta etapa de su vida, Pamuk recurre a la ciudad en la que transcurrieron esos años: Estambul (¿o es al revés: recurre a su vida para hablar de su ciudad?). Estambul, ciudad y recuerdos me ha dejado muy clara la frase de Ortega y Gasset: Yo soy yo y mi circunstancia: uno es uno y también es la ciudad donde se crió y creció. La melancolía de Pamuk es la melancolía de Estambul, que en palabras del autor es más que melancolía, es amargura: ...me iba dando cuenta lentamente de que me gustaba Estambul, por sus restos, por su amargura y porque había perdido lo que en tiempos había poseído...nosotros que vivíamos en Estambul en la segunda mitad del siglo XX, éramos hijos de una cultura que había perdido su antigua riqueza, que se había empobrecido y debilitado, cuya voluntad y cuyas aspiraciones flaqueaban. “La verdad es que de aquí no puede salir nada bueno” era una frase que nunca debía olvidar si no quería tener que arrepentirme después... La decadencia y el auge de Estambul también son las del escritor. Si se logra entender la vida interior del narrador se comprenderá también la profundidad de esa ciudad: Intuía que lo que me hacía caer en una situación de miseria e hipocresía era el propio Estambul. Por supuesto, si había que culpar a alguién no era a las mezquitas y las murallas que tanto quería, ni a las pequeñas plazas, ni al Bósforo, ni a los barcos, ni a las noches tan familiares, ni a las luces, ni a la multitud. Pero la ciudad tenía algo que unía a la gente, que le facilitaba la comunicación ...y yo notaba que no podía adaptarme a eso...cada vez se me iba haciendo más difícil adaptarme siendo “yo mismo” a ese “mundo nuestro”... La acomodada infancia de Pamuk transcurre en interiores (el Edificio Pamuk) mientras que su adolescencia de fotógrafo y pintor lo llevan a recorrer las calles de Estambul, a hacerse uno con la niebla que le envuelve, a mimetizarse con sus sombras, a vivir y reconocer la amargura compartida. Desde luego, el Bósforo es el actor principal: el Bósforo tiene un alma específica... la vida no puede ser tan mala -nos dice Pamuk- cuando al menos uno puede irse a dar un paseo por el Bósforo.

Dos aspectos más de estas memorias me resultaron fascinantes: sus referencias al Estambul visto por los demás, por los de fuera. ¿Quién la entendió? Pamuk nos deja claro que quien la entendió, no tuvo más remedio que amarla. El otro aspecto que llama la atención es su escéptica visión de Dios, de la religión y de sus practicantes, su madre era la más "religiosa" de la familia (pues creemos por si acaso, dice Pamuk que decía) pero para él: la esencia de la religión es el sentimiento de culpabilidad...lo que yo temía no era a Dios, sino la rabia que sentían los que creían demasiado en él hacia gente como yo. La estupidez de aquella gente excesivamente pía, cuya inteligencia nunca podría compararse -que Dios me perdone- con la de ese Dios ...durante años tampoco me abandonó el temor a ser castigado por no ser como “ellos”.

En las cuatrocientas y pico páginas de las memorias de Orhan Pamuk hay un tesoro por conocer –Estambul- y en el último párrafo, una vocación por revelarse: supe que esa noche no estallaría una discusión entre mi madre y yo, que poco después cruzaría la puerta, huiría a las calles que me darían consuelo, y que después de caminar largo rato regresaría a casa a medianoche y me sentaría en mi mesa para intentar extraer algo del ambiente y de la química de aquellas calles.
-No voy a ser pintor- dije-. Seré escritor.

1 comentario:

  1. Querida Rosa: hasta ahora mismo no descubrí tu blog, y me alegro haber empezado por el admirado Pamuk. En México un grupo de amigos nos reunimos para comentar, tras haberlo leído, "Me llamo rojo", ese thriller histórico, y ya desde entonces puse a Pamuk al lado de esa pila de autores y libros que siempre nos acompañará. Un beso y felicitaciones, porque tú has leído y has vivido, ¡qué suerte poder viajar con los ojos de una amiga! MML

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