sábado, 21 de agosto de 2010

De esto y de aquéllo

No puedo hablar de la obra del escritor valenciano Manuel Vicent (Castellón, 1936) mas que por su libro Verás el cielo abierto (2005). Lo único que sé de él es que es un escritor y periodista prolífico y que dos de sus novelas (Son de mar y Tranvía a la Malvarrosa) han sido adaptadas y llevadas a la pantalla grande. Sobre Verás el cielo abierto , el propio autor nos dice: me gustaría que se leyera este libro...como se entra en una habitación íntima, en una tarde de lluvia y uno se pone cómodo, se sirve un té o una copa y se siente a gusto sin necesidad de ir a otra parte. Unas veces esta habitación será luminosa con la ventana abierta por donde llegan los perfumes desde el fondo de la memoria; otras, podrá ser cálida y confortable...Si el lector, al terminar el libro, cree que ha pasado la tarde en el mejor lugar...podré imaginar que he escrito lo que quería. Y en efecto, la lectura del libro me produjo una plácida y singular sensación de "estar a gusto". La trama, si es que la hay, versa sobre una serie de vivencias del escritor, quizá aquellas que importan en el repaso de su vida, y que al mezclarse con sus pensamientos actuales producen afirmaciones profundas y compartidas: fue mi primer amor, nos dice, y a medida que me fui haciendo adulto se multiplicó en las mujeres que amé, porque el amor es lo eterno y no lo amado. O en otro pasaje: Si yo fuera un buen pescador pondría esta llampuga de carnada para ver si pica una lecha de siete kilos y redoblo la suerte, pero no quiero arriesgarme a tener este sobresalto. Los placeres hay que limitarlos. En el fondo, ése ha sido mi quebranto...Huyendo de los placeres comprometidos siempre me he refugiado en las estrellas, en esas luces lejanas que te observan y no te juzgan.
Bellamente escrito, ameno y sin mayores complicaciones, creo que Vicent logra cabalmente su cometido: agasajarnos con un hermoso escrito que nos brinda luminosidad, nos produce sensación de calidez y, como en el caso del siguiente diálogo, nos provoca admiración por el momento que logra plasmar:
-¿Qué quieres saber?
-No sé, algo que me conmueva. No me importa que te lo inventes.


Y pasando la hoja, nos encontramos con que hace escasos dos años, la BBC de Londres produjo una serie para televisión en la que relata un insólito juicio llevado a cabo en una de las barracas del tristemente célebre campo de concentración de Auschwitz (Juicio a Dios). Dirigida por Andy DeEmmony (conocido director de teleseries), la película se basa en un guión del escritor inglés Frank Cottrell Boyce y cuenta con un elenco de notables actores, entre ellos, el británico Rupert Graves (¿se acuerdan de la película Damage, con Jeremy Irons y Juliette Binoche, en la que la novia del hijo se hace amante del padre? Pues sí, Rupert era el hijo-novio engañado).
Con formato más próximo al teatro que al cine, la trama se desarrolla básicamente en un solo espacio: un inmundo galerón en el que convive un grupo de seres humanos: hacinados, mal comidos, mal tratados y, sobre todo, humillados, que solo esperan la orden para ser llevados a la cámara de gases. Aún así, siguen respirando con la esperanza de que su número no sea el siguiente y puedan sobrevivir aunque sea en esas condiciones. El mundo se ha volteado al revés y ustedes se han caído, les dice el carcelero, un exconvicto que en esas circunstancias les hace ver, a ellos -médicos,abogados,religiosos, científicos- que allí, en ese infierno, él es "el rey, el presidente, el canciller, el Führer..., Dios".
Cada uno de los mil prisioneros que alberga la barraca tiene su historia particular, a cual más trágica, que, en general, se lleva con resignación y miedo y se palia con la oración; sólo una voz se levanta (que a partir de ahí tendrá otros seguidores) ante la magnitud del infortunio y de la deseperación y reta a Dios por haberlos llevado, sin crimen cometido, a esa situación. La película comienza en las épocas recientes, con un grupo de turistas que realizan una visita guiada por el que fuera escenario del holocausto del siglo pasado. Una jovencita, al ver el lúgubre ambiente se pregunta: ¿cómo es posible que estas atrocidades se cometieran? y la respuesta da comienzo a la situación del lugar en 1945, en la que un grupo de judios a punto de ser exterminados, realiza un juicio contra la acción de Dios. Entre ellos constituyen un tribunal con tres jueces: el padre de la corte o defensor, el dayan o inquisidor y el jefe de la corte, encargado de coordinar el juicio. Este último pregunta quien es el acusador y cuál la acusación, "yo" responde el retador de Dios y dice: "la acusación es por asesinato y colaboracionismo". Claro que estas palabras desatan una fuerte discusión que llega finalmente a un acuerdo: enjuiciar a Dios por incumplimiento de contrato; por haber roto el pacto establecido con Moisés en el desierto, en el que afirmó que de todos los pueblos, el judío sería el elegido. Lo que sigue, propiamente el juicio (con una duración de noventa minutos), mantiene al espectador sin respiración. Opción muy recomendada que, ahí les va un supertip, se puede ver en la televisión en el canal Film&Arts o en Youtube, en su computadora. De verdad, no se la pierdan y luego la platicamos.

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