Me ha resultado un verdadero agasajo volver a leer El águila y la serpiente , una de las emblemáticas novelas de Martín Luis Guzmán (Chihuahua, 1887- Cd. de México, 1976). Tanto esta narración como sus otras dos grandes novelas, La sombra del caudillo y Memorias de Pancho Villa, se inscriben en la corriente literaria de la época revolucionaria, caracterizada por la descripción de anécdotas vividas por los autores, por testimonios de primera mano, y por apreciaciones personales de la situación y de los personajes del momento. Por tanto, si bien es cierto que la novela de la Revolución no hace un análisis con visión amplia de lo que sucedía en ese momento en el país (ese paquete le tocó a los historiadores), sí en cambio permite al lector adentrarse en el ambiente de la época y en algunos de sus personajes en el entendido de que, de esa aventura, uno saldrá con una "visión de rendija". Pero, ¿no es fascinante conocer a Carranza a través de los ojos de uno de sus opositores?: Don Venustiano no bailaba -o bailaba poco-, pero se sentía siempre en su elemento si frecuentaba el trato con las damas. Su fortaleza en punto a bailecitos y bochinches no conocía término... Cerca de él no pueden estar mas que los aduladores y serviles, o los que fingen serlo para que Carranza les sirva en sus propósitos personales. Es un corruptor por sistema: alienta las malas pasiones, las mezquindades y aun los latrocinios de cuantos lo rodean, lo cual hace a fin de manejar y dominar mejor a unos y otros.
¿Y qué tal ver a José Vasconcelos, a Alberto Pani, a Alfonso Reyes, con la mirada del amigo, del par? ¿O saber de primera mano lo que los intelectuales de esos días pensaban acerca de Villa o de Zapata?: Y de este modo, por más de media hora, nos entregamos (Villa y Guzmán) a una conversación extraña, a una conversación que puso en contacto dos órdenes de categorías mentales ajenas entre sí. A cada pregunta o respuesta de una u otra parte, se percibía que allí estaban tocándose dos mundos distintos y aun irreconciliables en todo, salvo en el accidente casual de sumar sus esfuerzos para la lucha. Nosotros, pobres ilusos -porque solo ilusos éramos entonces-, habíamos llegado hasta ese sitio cargados con la endeble experiencia de nuestros libros y nuestros primeros arranques. ¿Y a qué llegábamos? A que nos cogiera de lleno y por sorpresa la tragedia del bien y del mal, que no saben de transacciones: que puros, sin mezclarse uno y otro, deben vencer o resignarse a ser vencidos. Veníamos huyendo de Victoriano Huerta, el traidor, el asesino, e íbamos por la misma dinámica de la vida y por cuanto en ella hay de más generoso, a caer en Pancho Villa, cuya alma, más que de hombre, era de jaguar, de jaguar en esos momentos domesticado para nuestra obra o para la que creíamos era nuestra obra; jaguar a quien, acariciadores, pasábamos la mano sobre el lomo, temblando de que nos tirara un zarpazo.
La novela está estructurada en dos grandes capítulos: Esperanzas revolucionarias y En la hora del triunfo y cada una de esta partes, a su vez, se compone de siete libros en los que el autor organiza de manera inteligente y ágil el cúmulo de recuerdos que su pluma logró atrapar. Los sucesos que describe tienen lugar entre 1913 y 1915, así que los más de diez años que median entre lo pasado y la publicación del libro, no hicieron sino depurar las experiencias del autor para beneficio de sus lectores. Y no sólo eso, me parece una acción valiente "encuerar" a algunos nombres de notables que, en 1926, cuando aparece el libro, todavía andaban dando guerra por estos lares.
El primer episodio del primer capítulo: La bella espía, es un cuento delicioso con el que Martín Luis Guzmán nos hace cómplices de un enredo que tanto cae en lo casero como en el terreno de los grandes vuelos de la política pero que, sobre todo, nos abre la puerta para escuchar todo lo que sigue(a veces situaciones muy graves y muy fuertes, con la certeza de que será contado con gran maestría narrativa.
En esta segunda lectura, encuentro dos aspectos principales que antes pasé por alto: el primero tiene que ver con la decepción de Martín Luis Guzmán por el camino que tomó la Revolución, contrario a los ideales originales de muchos, y que hoy cobra mayor fuerza al cumplirse los cien años de esa mentada gesta. Nos dice el autor: Yo tenía entonces ideas demasiado optimistas -y, en consecuencia, absurdas- sobre la posibilidad de ennoblecer la política de México. Creía aún que a los ministerios podían y debían ir hombres de grandes dotes intelectuales y morales, y hasta consideraba deber de los buenos revolucionarios el declinar los altos puestos para que se confiaran a lo mas apto posible y mas ilustre... El paisaje del campo -¡yermas tierras de Tacuba, polvorientas y tristes!- me hizo sentir otra vez lo absurdo de la situación política en que nos movíamos.
El segundo aspecto es una apreciación personal que con seguridad encontrará objeciones: veinte años después de escribir El águila y la serpiente, que derrocha la frescura de su joven adulto escritor, un mucho más maduro Martín Luis Guzmán emprende la tarea de escribir las memorias de Pancho Villa¡nada menos que puesto en los zapatos del sanguinario "Centauro del Norte"! Y ese bandido, violador y asaltador se convierte, gracias a don Martín, en un personaje literario heroico, arrojado y temerario -aunque, a fin de cuentas, inventado - que resultó atractivo para la historia oficial - al grado de haber puesto su nombre en letras de oro en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Pero Martín Luis Guzmán lo conoce bien y no se deja engañar; prueba de ello son los muchos párrafos en los que narra varios episodios que hacen evidente su posición frente a Villa: ¡terribles días aquellos en que los asesinatos y los robos eran las campanadas del reloj que marcaba el paso del tiempo! La Revolución, noble esperanza nacida hace cuatro años antes, amenazaba disolverse en mentira y crimen. ¿De qué servía que un pequeñísimo grupo conservara intactos los ideales? Por menos violento, ese grupo era ya, y no dejaría de ser, el más inadecuado para la lucha; lo cual, por sí solo, convertía a la Revolución en un contrasentido: el de encomendar a los egoistas y criminales un movimiento generoso y purificador por esencia...Un poco más allá estaba el tren de Villa con su guardia de dorados. De éstos brillaban al sol la actitud pistolera, los presagios de su crueldad, la dureza de su fatalismo sanguinario e ignorante. Más lejos se extendían las pobres milpas en rastrojo, por donde había yo visto pasar, venticuatro horas antes, a los cinco falsificadores condenados a muerte, sin juicio ni ley. Y todo ello servía de marco a un cuadro que me obsesionaba imaginativamente y en el cual veía yo a mi maestro Agustín Aragón explicando a sus alumnos, frente a encerados cubiertos de alfas, de betas, de gammas, las leyes de la Mecánica y las del movimiento de los astros. Ignorancia, mediocridad y violencia frente a educación.
Posdata: Me llamó la atención el estado en aquellos días de nuestros ferrocarriles mexicanos ¿Alguien sabe qué nos pasó?: trenes de generales, trenes de civiles iban y venían por las principales vías...convoyes de guerra o máquinas fugaces seguidas de un coche salón y un cabús, donde viajaban, a la velocidad del rayo...se saludaban las locomotoras, charlaban las tripulaciones y, si los trenes llevaban políticos de altura, los viajeros descendían del tren y hablaban gravemente. Así fue como Vasconcelos y yo nos encontramos una de aquellas mañanas, entre Torreón y Fresnillo...
Amigos: Ya con ésta me despido,chabacanos en canasta:ya no quiero saber nada,con lo que he sabido basta.Ya con ésta me despido,con una estrella de oriente:no se les vaya a olvidar lo que tenemos pendiente.
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Querida Rosita:
ResponderEliminarEn mis intenciones estaba leer este libro ante el encargo de Elsita y nunca lo logré por falta de tiempo, ya ves que las vacaciones no son muy desocupadas para las madres de niños y mucho menos el regreso a clases. Sin embargo me da gusto enterarme por ti de su contenido y de que es un libro que en algún momento habrá que consagrarle un tiempito para su lectura.
Un beso,
Alejandra